Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar

El verano urbano como escenario de cine: Madrid y San Sebastián

¿Cómo mutan las ciudades con paso de las estaciones? ¿Puede acaso el cine capturar estas transformaciones, la sutileza con la que las ciudades cambian de traje?

El 15 de agosto, día de fiestas patronales en localidades de todo el país, Jonás Trueba estrenó su último filme: La virgen de agosto. En él, Itsaso Arana compartía protagonismo con un peso pesado: la ciudad de Madrid. En esa misma fecha, el 15 de agosto, Woody Allen se encontraba rodando en San Sebastián su último proyecto: Rifkin’s Festival. Elena Anaya, Sergi López, Christoph Waltz y Gina Gershonna, entre otros, protagonizaban esta comedia romántica ambientada en el festival de cine de Donostia, ciudad de la que el neoyorquino quería ofrecer su “visión del paraíso”.

Dos ciudades en una misma época, en una misma estación. Y, precisamente por ello, dos películas tan distintas, dos directores que querían retratar con fidelidad esa ciudad, pero en ese momento. Un Madrid castizo, en el que los turistas se mezclan con locales algo despistados, merodeando sin rumbo en una ciudad desértica, en la que, por una vez, el ritmo parece ralentizarse. Y, al mismo tiempo, un San Sebastián pintoresco, que hace gala de su particularidad afrancesada justo cuando los turistas de todo el mundo disfrutan de la época de mayor ruido y animación. Un director que buscaba el silencio en una ciudad siempre frenética, y otro que quiso aprovechar los meses de mayor volumen en una ciudad tradicionalmente parca en palabras.  

¿Por qué Jonás Trueba decidió convertir en protagonista a la capital, precisamente en un mes en el que todo aquel que la ama necesita un respiro? ¿Qué llevó a Woody Allen a meterse en la boca del lobo, San Sebastián en pleno julio y agosto, para rodar un filme que está teóricamente ambientado en septiembre? ¿Por qué la cámara retrata una ciudad u otra completamente diferente según la estación del año en la que nos encontremos?

“En agosto, Madrid funciona a cámara lenta. Y eso es muy cinematográfico” Jonás Trueba

En una entrevista realizada hace unos meses para esta misma revista, cuando Jonás Trueba se encontraba editando las escenas de La virgen de agosto, el director aseguró que “como madrileño, que tradicionalmente me he quedado aquí en agosto, siento que la ciudad siempre ha tenido algo en esa época, que se convierte en un lugar cinematográfico. La sensación de ciudad detenida, de ciudad en estado de excepción, donde todo va más despacio.”

Y, efectivamente, la capital muda de piel cuando siente que las temperaturas empiezan a subir y sus calles se vacían. Así, en este “tiempo de oportunidades” ha situado Trueba su filme, una película que, de la mano de Itsaso Arana (actriz principal y guionista) y Santiago Racaj (director de fotografía), ha recorrido la geografía madrileña. El viaducto de la calle Bailén, Vistillas, la ribera del Manzanares…Todos ellos, lugares a los que Trueba se encuentra vinculado emocionalmente, su Madrid, el Madrid por el que camina cada día; pero retratados con una perspectiva universalmente castiza, que emana aroma a barquillo y bocata de calamares.

Porque si hay algo que caracteriza la capital en los meses de julio y agosto es la irónica convivencia entre los turistas más valientes, capaces de soportar tales temperaturas al ras del cemento, y aquellos madrileños que, como diría Trueba, han decidido (o han tenido que) permanecer en un “acto de fe”. El Madrid estival se mantiene castizo, urbano y cosmopolita, pero al mismo tiempo se convierte en tiempo de azares y revelaciones, incluso para aquellos que más la conocen.

“Frente al Madrid infernal que recuerdo de mis primeros veranos en Madrid, hoy he aprendido a disfrutarlo. Ha habido una adaptación emocional, una vinculación al espacio y a las calles que me permiten disfrutar de ella, que es precisamente lo que reivindica Jonás en La virgen de agosto

Gonzalo de Pedro, director de Cineteca Madrid
La ribera del Manzanares en un fotograma de La virgen de agosto de Jonás Trueba

Tal y como se traslada en La virgen de agosto, las verbenas de San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma dotan a la capital de un ambiente más cercano, lugareño, casi aldeano. Como si la huida masiva de miles de paisanos y la llegada esperanzada de turistas asiáticos y americanos permitiera observar la ciudad desde fuera, vivir Madrid como algo más accesible, como el pueblo al que no volvíamos desde hace años y redescubrimos con familiaridad. Este extrañamiento del madrileño hacia sí y hacia su propia ciudad es lo que vive Eva, el personaje de Itsaso Arana: recorre lugares en los que ha crecido, que están presentes en cada poro de su piel, y se enfrenta a ellos precisamente en un momento en el que los personajes de esos escenarios, sus amigos o familiares, han desaparecido, en el que la escenografía se revela desnuda, poblada por nuevos figurantes.

De hecho, director y guionista se negaron a que el rodaje supusiera cortar y cerrar las calles en banda: querían que ese ambiente irreal del Madrid estival empapara las escenas, que las verbenas con sus orquestas y churrerías estuvieran llenas de vecinos de verdad. Así, el Madrid que vemos en el filme es el Madrid que muchos viven en agosto: las terrazas con vaporizadores que se transforman en un oasis; el río Manzanares y un plato de sandía como recursos esenciales para no morir de sed; ver las Lágrimas de San Lorenzo en el Templo de Debod o pasear por el viaducto de la calle Bailén a medianoche, el único momento del día en el que las temperaturas permiten pensar y reflexionar, imaginar.  Todas ellas, escenas que transcurren bañadas por una luz amarilla, por ese foco que alumbra impune la ciudad durante el día, pero que se retira durante unas horas cuando se pone el sol, para el alivio de muchos, dando un respiro al desierto que supone Madrid en verano.  

“Hay directores y películas que me han hecho sentir estaciones. Y también ahí hay mucho talento, cuando un director de fotografía o un director de arte te hace sentir la primavera, el verano, el invierno…”

Joxean Fernández, director de la Filmoteca Vasca
.Itsaso Arana en un fotograma de La virgen de agosto.

Y precisamente todo lo contrario es lo que se ve en filmes como El día de la bestia, de Alex de la Iglesia, donde un Madrid decembrino, de un frío helador y cortante, en el que las luces de Navidad tratan de irradiar calidez en vano, se convierte en el escenario perfecto para el argumento descarnado de una comedia satánica. Gonzalo de Pedro, director de Cineteca Madrid, asegura que el cine tiene “una capacidad única de retratar las estaciones y el paso del tiempo. Si los impresionistas vivieran hoy, estarían haciendo cine: es la manera que tendrían de captar, con esa mirada tan personal que tenían, las variaciones del color, de la temperatura y de luz en los espacios”. El director de Cineteca pone como ejemplo paradigmático al director americano Nathaniel Dorsky, que con ese interés ha producido obras como Summer (2013) o September (2017). El cine no es nada más que el paso del tiempo, ¿y qué hay más vinculado al paso del tiempo que el cambio de estaciones?, plantea De Pedro.

Y así como Madrid en verano parece una ciudad incluso sumergida, donde el tiempo se dilata y sus habitantes bajan las revoluciones; un poco más al norte, a cinco horas en coche, San Sebastián se transforma en su otro yo, el de las luces, los fuegos artificiales y la muchedumbre. De hecho, así lo reconoce Joxean Fernández, director de la Filmoteca Vasca: “Donosti en verano es justo lo contrario a Madrid. Todo ocurre rápido, de manera acelerada, hay un gentío tremendo, es un no parar. Algo que no ves en Madrid en agosto. Son dos polos opuestos”.

“Donosti en verano es justo lo contrario a Madrid. Todo ocurre rápido, de manera acelerada, hay un gentío tremendo, es un no parar. Algo que no ves en Madrid en agosto. Son dos polos opuestos”

Joxean Fernández, director de la Filmoteca Vasca

“San Sebastián en verano es el paraíso”, Woody Allen

Si tenemos en cuenta que San Sebastián en julio y agosto ya se convierte de por sí en un lugar que funciona a toda máquina, el rodaje de Rifkin’s Festival supuso una auténtica revolución: por un lado, aquellos donostiarras que se quejaban de los cortes de tráfico y denunciaban que el director neoyorquino estaba paralizando la ciudad. Por otro, aquellos que, gracias a las informaciones filtradas sobre los lugares y horas de rodaje, se presentaban en los distintos puntos de la ciudad para intentar vislumbrar el característico sombrero de Woody emergiendo entre las cámaras. A pesar de todo, el propio director del Festival de San Sebastián, José Luis Rebordinos, asegura que “no fue para tanto. Hay actividades durante el año en San Sebastián que colapsan más la ciudad que el rodaje de Allen. Más que atraer turistas, lo que ha permitido es que el nombre de Donostia aparezca en medios de comunicación de todo el mundo”.  El rodaje tampoco estuvo exento de polémicas de tipo político, y a raíz de las acusaciones del MeToo dirigidas contra el director, el grupo municipal de EH Bildu no acudió a la recepción oficial que el Ayuntamiento brindó al cineasta.

Sin embargo, haciendo caso omiso a la revolución que despertaba, Allen convirtió San Sebastián en su plató de cine personalizado. Desde el pico del loro (en la playa de Ondarreta) y el Palacio de Miramar, hasta la librería Donosti o el café Botanika, el director no se limitó a rodar en lugares tradicionalmente vinculados al Zinemaldia, contexto en el que transcurre el filme (como el Hotel María Cristina o el Teatro Victoria Eugenia), sino en aquellas localizaciones que resultaran atractivas y representativas del San Sebastián más conocido. Tal y como ha comentado en diversas entrevistas, el director neoyorquino quería retratar San Sebastián como la ciudad bella que es para él, esta suerte de paraíso donde “el verano parece primavera, el clima es una bendición y llueve”. ¿Por qué? En una entrevista que ofreció a El País Semanal, Allen aseguró que en sus películas “lo importante sucede casi siempre cuando llueve (…) porque la luz es más bonita. Y porque creo que en esos días las personas piensan más desde su interior, desde su alma.”

“Los lugares que ha elegido Allen para rodar son lugares muy representativos de la San Sebastián más turística, más conocida. Para conocer mejor nuestra ciudad, yo hubiera añadido barrios como El Antiguo o Eguía, e incluso filmaría en algún barrio del extrarradio como Alza”

José Luis Rebordinos, director de Zinemaldia
La playa de la Concha en verano. Foto: María Boyero.

Si bien es cierto que Allen buscó una ciudad con lluvia, no quería retratar un San Sebastián gris y de cielos plomizos al más puro estilo de Montxo Armendáriz en 27 horas, donde la heroína y el nihilismo que embriaga a un grupo de jóvenes se enmarca en una Donostia más fría, hostil; sino todo lo contrario: Woody Allen quería una ciudad festiva, de luz, que oliera a verano. El escenario idílico para su comedia romántica.

Por ello, aunque climatológicamente un día de agosto pueda confundirse con otro de septiembre (fecha en la que está ambientada la película), Woody Allen y su director de fotografía, Vittorio Storaro, eran plenamente conscientes de la ciudad que iban a captar las cámaras, sino explícita al menos implícitamente: con un crecimiento de visitantes del 9,8% entre 2017 y 2018 y la legalización masiva de viviendas turísticas (más de 1.200 en 2018, según datos proporcionados por la Plataforma Bizilagunekin), la capital de Guipúzcoa se transforma en una suerte de parque temático en verano.

Mediante el festival Jazzaldia en julio y la celebración de la Semana Grande en agosto, el Ayuntamiento se encarga de convertir estos meses en la temporada alta de la ciudad. La tradicional barandilla blanca del paseo de la Concha deja de vislumbrarse, oculta tras las multitudes que recorren dicho paseo a todas horas del día; en la Parte Vieja, la infinita gama cromática de los pintxos y tapas en bares como el Astelena o el Paco Bueno genera una melodía animada y ruidosa, al son de los miles de acentos y lenguas que se escuchan en tales establecimientos. Durante la Semana Grande, entre las 22:45 y las 23:00, el paseo que recorre la bahía, desde Ondarreta hasta el Ayuntamiento, es bloqueado por cientos de personas que, helado en mano, disfrutan con atención del tradicional concurso de fuegos artificiales celebrado en la semana de fiestas. Donostia ha sido, desde el siglo XIX, ciudad de veraneantes por excelencia, y su particularidad y belleza innegables se visten de gala durante los meses de verano, especialmente en los últimos años. Casi como si guardara reposo durante el resto del año, como si advirtiera la llegada de invitados importantes, es en julio y agosto cuando parece despertar de su letargo y convertirse en una de las ciudades más visitadas de España.

“Si algo tiene el cine es la capacidad de retratar las estaciones y el paso del tiempo. Si los impresionistas vivieran hoy, estarían haciendo cine: es la manera que tendrían de captar, con esa mirada tan personal que tenían, las variaciones del color, de la temperatura y de luz en los espacios”

Gonzalo de Pedro, director de Cineteca Madrid
Una de las principales calles comerciales de Donostia en agosto. Foto: Esteban Ruiz

En el buen cine también hay estaciones

Pilar Carrera, profesora de la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación de la UC3M, escribió en i-3. La revista de la UC3M (marzo 2014) que en el buen cine no hay estaciones, solo una: la acción. Sin embargo, la realidad es que cuando se empieza a escribir un guion, una de las primeras preguntas que se plantean es el escenario temporal y geográfico en el que se va a situar la acción. De esto dependerá el tipo de luz que se quiera retratar, qué colores construirán la gama cromática y sinestésica del relato. De la misma manera que 27 horas no hubiera generado ese ambiente opresivo y desencantado en un San Sebastián estival y festivo, o Verano 1993, de Carla Simón, no olería a polo de limón y río si estuviera ambientada en otoño; no cabe duda de que el buen cine no reniega de las estaciones. Recreándolas o aprovechándose de ellas, el cine les da cuerpo y forma. Convierte el verano, el otoño, el invierno y la primavera en algo visible, palpable, con personalidad. Las convierte en una melodía, un aroma, un recuerdo evocado. Y eso es precisamente lo que tanto Woody Allen, en su Donostia estival pero cantábrica, como Jonás Trueba, en ese Madrid yermo y al mismo tiempo fértil en oportunidades, han querido trasladar con sus dos últimos proyectos. Nada más (y nada menos) que cine, verano y ciudad: una experiencia para los cinco sentidos.

UNA PELÍCULA, UNA ESTACIÓN, UNA CIUDAD

Viena en verano en la película Antes del amanecer de Richard Linklater (1995)
El Madrid invernal en La Reconquista de Jonás Trueba (2016).
El verano romano inmortalizado por Sorrentino en La gran belleza (2013)
En Las distancias (2018), Elena Trapé fi lmó el invierno en Berlín
Rob Reiner filmó las estaciones en Nueva York en Cuando Harry encontró a Sally (1989)

Teresa Bazarra Urquidi

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: