DOS POEMAS

Héctor González Dorta

LÍNEAS IMAGINARIAS

Vivimos en un mundo lleno de fronteras,

bordes que tratan delimitar la cultura,

cultura que no conoce límites.

Paradoja del sistema que nos alimenta.

Paradoja del sistema que nos divide.

Vivimos en un mundo globalizado,

comunicado y conectado,

pero lleno de fronteras.

Porque para que haya ricos

debe haber pobres.

Porque para que haya un país

debe haber una frontera.

Fronteras terrestres aéreas y marítimas.

Fronteras invisibles, inexistentes e imaginarias.

Líneas que perfilan el paisaje para decirte:

“Hasta aquí llegaste, ahora te toca pagarme a mí”

Líneas innecesarias que dividen,

división que genera diferencias,

diferencias que provocan odio,

odio que alimenta los egos,

egos que producen dinero,

dinero que genera división.

Un círculo vicioso que llena los bolsillos

y vacía el espíritu.

Vivimos en un mundo lleno de fronteras,

fronteras humanas que son inventadas

y que nos dejan la mente envenenada.

Fronteras que entienden de colores

y que tratan de robarnos los sabores.

Fronteras que desgarran la piel

y que dejan rotos los corazones.

Vivimos en un mundo lleno de fronteras,

pero también de personas buenas.

¿Qué pasaría si un día parásemos?

Dejásemos de ser parte de la rueda,

y cruzáramos esas fronteras unidos.

Conscientes de que la única frontera

es nuestra pequeña utopía en el horizonte.

A la que nos podemos acercar,

pero jamás podremos alcanzar.

Vivimos en un mundo lleno de fronteras,

pero que estas no nos hagan de barrera.

UNA MACETA LLENA DE FLORES

Hay semillas que son como ideas,

o ideas que son como semillas.

Hay personas que son como un mundo

y hay mundos que son como macetas.

Mundos y discursos que llegan

en momentos precisos e indecisos.

O quizás, simplemente aparecen

y allí, sin saberlo, permanecen.

Una semilla que echa raíces,

raíces que son como axones.

Seguimos con nuestras ilusiones

y va creciendo y absorbiendo.

Una mañana cualquiera

cuando uno no lo espera.

Una semilla florece.

Una idea despierta.

Un mundo crece.

Una maceta llena de flores.

BITCOIN

Aarón Moreno Inglés

Si has paseado por Madrid últimamente es probable que te hayas topado con alguno de los 800 carteles publicitarios que nos dan la bienvenida al Bitcoin. Tras la reciente compra masiva de BTC por parte de Tesla, tal y como se anunció a principios de febrero, muchas plataformas de intercambio de criptomoneda se han subido al carro y están intentando captar nuevos inversores que, por pequeños que sean, contribuyen a un aumento de sus beneficios a corto plazo. Como es lógico, su “democratización” nos lleva a preguntarnos sobre la naturaleza y las perspectivas de futuro de este dinero virtual, y la discusión no solo pasa por decidir si el Bitcoin es realmente una moneda o un activo. Con su adopción a gran escala cabe la posibilidad de que estemos presenciando uno de los mayores esquemas Ponzi de la historia.

Tal y como lo define El Economista, un esquema Ponzi vendría a ser “una operación fraudulenta de inversión que implica el pago de intereses a los inversores de su propio dinero invertido o del dinero de nuevos inversores”. En esencia, las ganancias obtenidas por la gente que invierte primero se crean a través del dinero invertido por los inversores posteriores, embaucados por las promesas de conseguir un gran beneficio. De este modo, el sistema se sostiene “solamente si crece la cantidad de nuevas víctimas”. Su funcionamiento nos recuerda al de una estafa piramidal, solo que en este caso los participantes no disfrutan directamente del dinero de los inversores más recientes. Es la propia “confianza colectiva” lo que marcará las ganancias, como en cualquier producto especulativo. De este modo, la similitud de la definición de los esquemas Ponzi con el camino seguido por el Bitcoin desde 2008 es preocupante.

Independientemente de la enorme fluctuación del Bitcoin en los últimos años, sus promotores más asiduos lo presentan como una revolución en la forma de entender el pago digital. Bitcoin se apoya en el sistema Blockchain, que registra las transacciones de manera pública, transparente, y descentralizada, lo que permite evitar cualquier tipo de mecanismo regulador por parte de un banco central o instituciones estatales. Por supuesto, hay factores positivos muy evidentes en mantener un registro común a través de nodos descentralizados como, por ejemplo, la dificultad que esto crea a la hora de intentar hackear o realizar alguna transacción de manera fraudulenta. Todos sus participantes pueden acceder a una copia idéntica e irremplazable del histórico de transacciones, así que sería bien sencillo detectar posibles fallos y ataques. Además, el Bitcoin escaparía a cualquier política monetaria impulsada por los organismos de turno, dando así una aparente independencia a sus usuarios.

Sin embargo, por mucho futuro que se le augure a la tecnología Blockchain, hay elementos muy problemáticos en el Bitcoin relacionados con su uso. La falta de regulación en un mercado relativamente moderno hace que las estafas continúen extendiéndose, sobre todo, por la falta de conocimiento de los nuevos inversores. Los estafadores regalan una ínfima cantidad de Bitcoin a los usuarios a su llegada, convenciéndoles de que el retorno de la inversión será mayor cuanto más BTC adquieran, llegando en muchos casos a perder grandes cantidades de dinero en muy poco tiempo. Es curioso, de esta forma, observar los paralelismos que existen entre el aumento de las estafas Bitcoin y la proliferación de otras risky ventures que se nutren del dinero de la gente de a pie. ¿Cuántas casas de apuestas habremos visto abrir durante estos últimos años?

Más allá de las estafas, las pocas previsiones de adopción de esta tecnología a nivel estatal hacen que las grandes pretensiones del Bitcoin caigan en picado. Ningún gobierno tiene, por el momento, planes de usarlo de forma funcional. En todo caso, crearían (y están creando) sus propias criptomonedas con usos bien distintos: Un sonado caso es Petro, el token venezolano. Sin embargo, el uso del Bitcoin se ha limitado, salvo recientes excepciones, a efectuar transacciones fuera del marco de la legalidad. Existen multitud de casos de estudio explicando su efectividad para blanquear dinero, evadir capitales, o incluso transferir dinero a narcotraficantes. 

¿Podría el Bitcoin, con mayor regulación en el marco jurídico, convertirse en una forma de dinero fiable? ¿Se trata de un activo especulativo como otro cualquiera? ¿O estamos ante un esquema Ponzi que sigue creciendo? El debate está abierto y continuará en multitud de frentes. En cualquier caso, es recomendable cuestionar las herramientas y tecnologías que “nos caen del cielo” y no aventurarse en proyectos de los que, en muchos casos, no tenemos suficiente información.

Don Donato

Víctor Núñez Díaz

Ahora, en cambio, divago en torno a todos esos ancianos que habrán perdido el ritmo del mundo, y que esperan, como Don Donato, mansos y dóciles, que venga a su encuentro la fuerza corrosiva de la desmemoria que a todos alcanza, para no ser más que algún recuerdo lejano y precario en manos de alguien como yo.

Según parece, los científicos sostienen que la facultad de la memoria responde a una reconstrucción a posteriori de nuestras vivencias, en la que cualquier semejanza con la experiencia efectivamente vivida es poco más que fortuita. A rumiar este pensamiento extemporáneo me empleaba, mientras completaba el anodino y reglamentario recorrido bipolar que nos vemos obligados a hacer periódicamente los hijos de padres divorciados. Me figuro que había olvidado los auriculares, y sin poder escuchar la música o la radio no me quedó otra que escrutar el propio entendimiento, ese bagaje intelectivo siempre a mano con el que venimos de fábrica. Al poco de haber franqueado el paso fronterizo de mi barrio, triste crisol de modestas residencias para obreros, la mirada errática se me posa en una figura encorvada, somera, esquemática. Es Don Donato; pasea a su escueto perrillo en el pequeño jardín que acolcha la rotonda junto a mi casa. Me han dicho que el pobre tiene alzheimer, me traslada mi madre, cuando le cuento que he visto al venerable y senecto profesor de primaria ya jubilado, aquel que con sus métodos rudimentarios y ortodoxos avivó la lumbre de mi curiosidad infantil. Uno nunca sabe si fiarse de los mentideros de la comunidad de vecinos, pero el caso es que los rumores resultan verosímiles.

Sea como sea, yo le veo ahí, impertérrito, mirando a ninguna parte, y con ese gesto como de sonrisa perenne que se queda cristalizado en las caras de algunas personas mayores — a mi abuela también le pasa. Me viene entonces a la cabeza una sentencia que una chica joven aspirante a poeta pronunció en un recital de algún antro de Madrid, por lo demás poco brillante: “Lo que separa a la nostalgia del recuerdo es sólo una cuestión de grado”. Acaso tenga razón, pero me da por pensar que Don Donato, ajeno a la cacofonía que el tratamiento deferencial junto a su nombre suscita, ahí parado, impertérrito y con la mirada perdida y su sonrisa perenne, bien quisiera para él, sencillamente, poder experimentar la nostalgia. Tiempo después me toparía con esta máxima en una novela de Chirbes: “¿Qué otra utilidad, sino la del sufrimiento, tiene la emoción de los recuerdos, si nada de cuanto nos transmiten ha de volver?”. 

Ahora, en cambio, divago en torno a todos esos ancianos que habrán perdido el ritmo del mundo, y que esperan, como Don Donato, mansos y dóciles, que venga a su encuentro la fuerza corrosiva de la desmemoria que a todos alcanza, para no ser más que algún recuerdo lejano y precario en manos de alguien como yo.

Cuando también yo no sea más que un recuerdo lábil, ¿se acordará alguien de Don Donato? ¿Pensará alguien en él con nostalgia? Por lo pronto, él pasea a su perrillo. Nos cruzamos, lo hacen también nuestras miradas. Yo esbozo una sonrisa timorata que no encuentra correspondencia: no me reconoce. Sigo mi camino, procurando llevarme su recuerdo conmigo. Con eso bastará por ahora.

Víctor Núñez Díaz

Éramos unos niños que escuchaban música en su cuarto

Hace un par de semanas tuve la suerte de asistir al espectáculo “Éramos unos niños que escuchaban música en su cuarto” del colectivo Quemar las Naves, compuesto Itziar Manero y Carlos Pulpón, el evento sucedió en el espacio escénico DT (Chueca).

El espectáculo se abre como una noche de concierto en cualquier sala madrileña, dos intérpretes aparecen bajo un foco con sus guitarras eléctricas colgadas del hombro. Itziar Manero y Carlos Pulpón nos guían por su propio infierno de Dante, el fenómeno fan y las tardes encerrados en su habitación escuchando grandes hits nos transportan a los años de la adolescencia, una juventud ácida y llena de cristales rotos que acaban por conformar un imponente caleidoscopio en escena. La madurez y el paso del tiempo es uno de los temas centrales de la obra que aparece siempre como una suerte de ensoñación, la autoficción también tiene su espacio en esta pieza en la que las vidas de grandes músicos se mezclan con la de los intérpretes. 

La música aparece como un tercer personaje en escena, el “ruido” que puedes escuchar cuando se acopla un altavoz y la música que sale de un vinilo ocupan la misma jerarquía, se intuye la influencia de John Cage en esta decisión que configura el espacio sonoro. Además, se reivindica la importancia de la música en la formación de la identidad, en el propio programa de mano leemos: «¿Cuánta vida tuya hay en la cultura pop? ¿Qué conservas de tu cuarto de adolescente? ¿Puede la música hacerte volver a ese cuarto? ¿Por qué los referentes musicales adquieren tanta importancia en el momento vital de la adolescencia? ¿Y después? ¿Qué significa ser fan? ¿Qué buscamos?».

Los intérpretes nos regalan momentos brillantes y especialmente íntimos a medida que el espectáculo avanza. El colectivo Quemar las Naves ha sabido captar la esencia macarra y reivindicativa de la música rock y que, sin ninguna duda, también forma parte de su identidad como artistas. Referentes de la talla de Patti Smith, Bowie, Kurt Cobain o Josetxo Anitua pasean por la puesta en escena diseñada por unas mentes con un claro bagaje performativo. Tanto Itziar como Carlos cuentan con dos prósperas carreras como intérpretes en las que aparecen nombres como el de La Tristura, Esther Ferrer, Grumelot o El Pont Flotant. Esta trayectoria plagada de creadores contemporáneos se hace evidente en su espectáculo.  

Si hay algo por lo que es imprescindible ver este montaje es por el compromiso que ambos creadores muestran durante toda la función, es un gusto asistir a obras en las que la dedicación es total. Como en el rock and roll Carlos e Itziar actúan cada noche hasta las últimas consecuencias y le entregan todo a su público.

El colectivo Quemar las naves aún dará mucho que hablar en los próximos años. No se pierdan “Éramos unos niños que escuchaban música en su cuarto” los días 18 y 19 de febrero a las 19.00h.

Olga Hernández

Hasta la última ausencia: en memoria de Antonio Rodríguez de las Heras

Últimamente esta revista se ha convertido en un lugar de despedidas. Hace unas semanas lamentábamos la pérdida de José María Calleja, y hoy, tristemente, nos toca hacer lo mismo con Antonio Rodríguez de las Heras. Desde esta publicación universitaria, de parte de sus alumnos, le dedicamos esta carta en su memoria. Palabras que hoy no podrán llenar el vacío, ni los surcos de una tierra cansada de decir adiós.

Las ausencias definen tanto como las presencias. Comprender algo por las piezas que lo componen es útil. Es práctico. Pero no nos aporta la visión completa de lo que queremos entender. Lo que falta sirve para definir tanto, o más, que lo que podemos encontrar a simple vista. Antonio enseñaba a pensar sobre este tipo de cuestiones.

En sus clases siempre había una pequeña historia poética que aludía a una explicación mayor, a algo más complejo. Hablaba de cómo los coches eléctricos habían conquistado el silencio o cómo la fusión nuclear era, en cierto modo, una manera de bajar el Sol a la Tierra. Recuerdo que un día empezó hablando de “un vertedero imaginario” en el que debíamos realizar una tarea arqueológica. En aquel lugar se acumulaba toda la basura de la Historia. Y si hacíamos un corte transversal, éramos capaces de identificar ciertos momentos gracias a los objetos que allí encontrábamos.

Trazábamos una línea que marcaba un paso simbólico entre herramientas rotas y nuevas. Un momento en la Historia donde la gente había empezado a tirar objetos de los que no se desharían en épocas anteriores. Cosas que estaban allí pero que no mostraban un deterioro que justificase su abandono. Estábamos, decía, ante un fractura cultural que hablaba de la “enfermedad de lo inanimado”. Una obsolescencia programada que no sólo definía los objetos, sino también nuestra sociedad. Nos define lo que hacemos desaparecer. Nos define la ausencia. Y también lo que mantenemos.

Así era una clase con Antonio. Con una gran narrativa, tiraba de un hilo para deshacer todas las costuras. Y cuando solo quedaban retales inconexos se ponía a tu lado para volver a construir. Partía de lo simple para coser una bandera de conocimiento complejo. Te señalaba pequeños detalles que sostenían el mundo. Pequeños detalles que para él eran importantes. Algo tan simple como llamar a cada alumno por su nombre – no tan habitual en el sistema universitario – o cambiar la orientación de las mesas (“para que todos nos viésemos las caras”) le bastaba para crear un buen ambiente en la clase. Y ahí, te enseñaba a Navegar por la información, conectando diversos puntos del mapa, guiándote en el trayecto del aprendizaje. Antonio fue en su presencia, y seguirá siendo, un gran profesor y una buena persona. Y lo digo con el más profundo de los significados.

En la Lira secreta Ángel Crespo escribió un poema titulado «Puede ser un paisaje», donde habla de la memoria, de la ausencia y el olvido. Volver los ojos hacia dentro, olvido / es tan profundo que hallas una estancia / de la que sentirás que acaba de irse / quien nunca estuvo en ella. Hoy, ante la pérdida de Antonio, vuelvo los ojos hacia dentro, recordando todo lo que aprendí con él. Y le pregunto a Crespo quién puede irse sin haber venido. Desde luego, no Antonio. Porque ningún profundo olvido va a ocupar la estancia que deja, llena de mesas ordenadas en círculo, “para que todos nos veamos las caras”. No habrá ausencia en quienes le conocían. Deja sus palabras, escritas para la memoria. Para recordarle, pero también para empezar a conocerle. Por eso no sentimos que acaba de irse quien siempre estará aquí.

La vida de un profesor no se puede contener entre las paredes de un despacho, de un laboratorio, de una biblioteca…, en un campus, sino que se derrama en sus alumnos. Que como una marea de tiempo, de promociones, se extiende, va empapando la sociedad a la que la universidad, la educación, sirven. Nada más satisfactorio y emocionante que el reencuentro fortuito con antiguos alumnos, reconocerlos, saber de sus vidas y comprobar que lo que resiste más el paso del tiempo es el afecto que se trenzó en el aula y que ahora, lejos de ella, se puede manifestar sin trabas. Hoy un beneficio de las redes sociales, de este mundo en red, es que facilita este encuentro con alumnos, y así poder crear puentes entre los caminos divergentes que nos ha trazado la vida.

Antonio Rodríguez de las Heras, en su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Extremadura

Felipe Núñez

Impensable despedida: carta al profesor José María Calleja

A José María Calleja. Profesor de la mayoría de miembros de La Mutante y uno de nuestros “padrinos”, que siempre apoyó la ilusión de aquellos alumnos que buscaron aprender a contar historias a través del periodismo universitario.

Es absurdo. El silencio que se te ha echado encima después de todo. Cuando la lógica, la simple estadística, hubiese confeccionado mil muertes distintas, casi todas sonoras. Muchas desplegadas con la violencia de un disparo. Pero ha sido así. En mitad del silencio del cuerpo aislado. Seco, demencial, imposible. Un silencio que acaba pareciéndose a todo el ruido que hiciste en vida por ser su doble, su contrario absoluto. 

Ánimos, cuídense y sean conscientes de que están viviendo algo que nunca antes ocurrió en España. Así cerraba un mail de lo más ordinario a sus alumnos de la UC3M el 18 de marzo. Qué disparate imaginar que no habría réplica. Todos pensamos que se debería a su flexibilidad. Decir que Calleja era un docente al uso sería faltar a la verdad. Se trataba, más allá, de un fragmento del mundo real. La prueba viviente de que, detrás de la teoría, existía la práctica. Algo que no es tan sencillo encontrar en el aula.

A veces, parecía despistado. Acostumbrados a la paradójica comodidad de la enseñanza encorsetada por el método, algunos se encontraban con la angustia de los límites difusos, de las entregas sin fecha, de esa manera espontánea de restar importancia a lo que no la tiene. Porque él contaba con una curiosidad de base, y su labor entonces era la de alimentarla. Con mimo y respeto, pero sin pizca de concesiones a una posible inmadurez alargada más de la cuenta. A sus clases, como quien dice, ya llegábamos criados. Incluso alguno ya tenía el placer de trabajar, hombro a hombro, junto a él en la radio. Y, con esa suerte, él podía disfrutar de un tú a tú, sin necesidad de subirse a ningún estrado, una charla de andar por casa de la que crecían, sin apuro, los frutos espesos de su frenética valentía.

Porque no se trataba de cursar su asignatura, esa que se desperdigaba esquivando los márgenes de un índice contra natura, a través del relato desordenado de sus propias experiencias. Sino del lujo de que una figura de su talla nos diese sombra, de espaldas al sol, para que escribiésemos. Pensásemos. Nos revolviésemos lo que nos diese la gana. Nos enfrentásemos a lo que verdaderamente importa, aquello que él bien sabía que iba mucho más allá de lo académico: las mordazas, los cretinos, los relatos falaces, las ideas dañinas.

La enseñanza tenía un valor para él mucho más alto del que podía desprender con su actitud tan distendida; donde algunos podrían encontrar incluso aparente desinterés, repetido entre algunos docentes que parecen estar por encima de la labor por tener un hueco en las redacciones. Él, que tantas verdades había descubierto a base de lucha, de voces, de más verdades, alguien que, en resumen, había vivido tanto y tan intenso, hubiese sido perdonado por no encontrar mucho interés en esos rebaños poco espabilados que conformábamos sus alumnos.

Pero leer su Diario de la fiebre nos acerca a sus preocupaciones y deseos más inmediatos: y ahí está la enseñanza. “Yo, con que en septiembre puedan empezar las clases me doy con un canto en los dientes”. Ahí está, descarnada, su sencillez. Una vez más. La que parecía aferrarle a la sensatez. Seguirle permitiendo ser humano después de todo, a pesar de todo. La que nos acercaba, a alumnos, lectores, oyentes, compañeros o amigos, a su brillantez y su vitalidad.

Gracias, Calleja, por habernos enseñado a perseguir aquello que merece ser perseguido. Y lo demás, mandarlo al carajo. Porque no hay tiempo que perder. Porque hasta tú, que te escapaste tantas veces del final de la página, has tenido que levantar las manos y entregarte. Ahora pasarás a formar parte de la memoria, ese enorme jardín que todos estamos encargados de cuidar mediante la batalla al olvido, a ese silencio que se te ha llevado y en el que seguro, ya estás haciendo ruido.

Laura de Diego Bermejo

La razón precaria – Una conversación con Javier López Alós

Dámaso Alonso decía que Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres. (según las últimas estadísticas). Es uno de los versos más importantes de la literatura española, lo decía en plena posguerra, no tanto por los muertos de la contienda sino por la fragilidad evidente de los cuerpos que habían sobrevivido y habitaban una ciudad fantasma, gris y desesperanzada. El panorama ahora es mucho más alegre, pero esconde ciertos elementos paradigmáticos que nos permiten releer el verso de Dámaso Alonso con otros ojos: Los ojos de un mundo precarizado, de una existencia individual erosionada por las lógicas competitivas del neoliberalismo que ahogan la producción intelectual y cultural y la envían hacia un torbellino de productividad y éxito que en muchas ocasiones es inalcanzable. No todas somos Cristina Morales, Elizabeth Duval o Rosalía. El objetivo de ser publicado, de triunfar a nivel mundial en la música o de gozar del respeto de gran parte de la clase intelectual del país, son metas que el sistema organizativo nos vende como resultado del esfuerzo y el sacrificio de aquellos que detentan los grandes premios. Se nos habla de un ascensor social que consiste en mezclar elementos en una pócima de racionalidad como cuando el profesor crea a las Supernenas en la introducción de la serie. Pero no es así.

Javier López Alós retrata en su libro Crítica de la razón precaria algo más que una condición económica, una forma de comprender el tiempo, una ideología que nos arrastra a formas de vivir en sociedad de una perversión que merece la pena ser analizada y pensada desde perspectivas alternativas. La precariedad es incertidumbre, pero también es sentimiento de no pertenencia, de vivir de prestado, incapacidad para decir que no y muchas otras características que vertebran la manera de vivir de una sociedad que viaja hacia la desigualdad y la inmovilidad. Hacia la parálisis. El libro se centra en analizar las formas de opresión que esta condición ideológica y material genera sobre los cuerpos de aquellos que dedican su vida a la actividad intelectual, desde periodistas, hasta músicos, pasando por académicas, cineastas, escritoras y toda clase de actividades de índole intelectual. Pero muchos de los puntos generales de lo que Javier López Alós analiza sirve para cualquier clase de desempeño profesional en los últimos años del siglo XXI.

Lo primero que me gustaría preguntar es acerca de las condiciones que te llevan a escribir el libro: La precariedad como algo más allá de las condiciones materiales. ¿Por qué centrarse en el mundo intelectual?

Javier: Me lleva la necesidad de comprender un mal estar profundo de entender qué siento yo en primera persona, que percibo, es bastante similar al que experimentan otras personas a mi alrededor en el mundo académico e incluso empiezo a intuir que se trata de un malestar que no concluye cuando la situación o las circunstancias concretas que te perturban concluyen o cambian. No está solo vinculado a una cuestión material, de estatuto contractual. Es muy importante, pero va más allá. Veo por ejemplo personas que están en una situación académica más estable también experimentan determinado tipo de sufrimientos, de malestar que tienen un aire de familia. La razón fundamental para escribir el libro es la necesidad de comprender y elaborar el duelo por mi propia decisión de abandonar la vida universitaria. La necesidad de hacerlo de una manera que no incurra o se quede parada en el resentimiento y las pasiones tristes.

¿Se trata por lo tanto de una condición más allá de las condiciones materiales de cada uno?

Javier: La precariedad acaba siendo una condición existencial. La precariedad inducida, pues hay una que nos afecta a todos los seres vivos, estar expuestos a ver menguada la vida en cualquier momento. Hay una precariedad inducida que es producto de procesos de producción conscientes de precarización y esa vivencia, esa condición existencial de la precariedad hace que uno se perciba constantemente en una situación o posición de peligro, de incertidumbre, de inseguridad y tiene relación con la dependencia de lo material, cuando lo material está resuelto y obliga constantemente es al sujeto a estar buscando, compensado, seguir avanzando en ese túnel a ver si de alguna manera encuentra una forma de salir a una superficie más estable. Pero eso en realidad es la trama y es lo que tiene de ideológico, porque eso no concluye. Una de sus cuestiones fundamentales de la precariedad es dejar claro que no es algo individual, te puede afectar personalmente o puede no ser tan personalmente, pero no está sujeto a soluciones individuales, es estructural y tiene que ver con la propia disposición neoliberal.

Hay ciertas partes del libro muy reveladoras, el tema del sentir que estás siempre de pedido, la incapacidad para construir un relato propio, que nos hablan de características de la precariedad en las que muchos se pueden ver reflejados. Ello me ha llevado a pensar en el libro de Antonio Valdecantos de “Misión del ágrafo” en el que explica cómo la academia centra la productividad del intelectual en la producción de textos escritos dejando de lado la producción oral o la enseñanza:

Javier: Muy interesante, efectivamente das en el clavo. Una de las raíces etimológicas de la palabra precariedad es la figura del derecho romano del precarius. Que tiene que ver con un uso provisional de la propiedad, una propiedad de la que no es titular y puede ser interrumpido su uso en cualquier momento y está relacionado con la agrafía de esa concesión. Eso está relacionado con esa sensación desde el principio, el propio término tiene esa carga semántica incorporada de algo provisional que no le pertenece al precario e incluso cuando le va bien o medio bien no puede celebrarlo, porque es algo pasajero completamente siempre provisional. No puede disfrutar. El precario de alguna manera, y no solo el precario pues vivimos en ese régimen temporal, no puede disfrutar. El disfrute es expectativa en las cosas, uno se ilusiona por las cosas, uno tiene la fantasía de que algo bueno le puede ocurrir, pero cuando eso te ocurre, ya tienes que estar pensando en lo siguiente, es una lógica constante de producción. A mi me recuerda a cuando se queman las fallas por ejemplo y al día siguiente se entrevista a alguien: ya estamos pensando en las del año que viene. No puedes detenerte un momento a experimentar el goce, la posibilidad de goce es también de pedido. No te pertenece, en seguida vete a otra cosa. En la medida en que no puedes encajar el goce en tu propia experiencia, no te pertenece no puedes incorporarla en un relato y es ese relato el que las hace significativas las experiencias, Es decir las experiencias que finalmente producen aprendizaje tienen que ordenarse combinarse para ser significativas para informarnos de algo. Por un lado, tenemos la dificultad del relato de contarnos a nosotros mismos, pues necesitas perspectiva. Cuando vivimos en la urgencia del presente y en la ilusión de un futuro que no llega es muy difícil adoptar una perspectiva medianamente amplia que te permita establecer continuidades y discontinuidades en tu propia biografía. Y más todavía si lo tienes que hacer por escrito. En cierto sentido, la forma de escritura en el mundo académico, en el que paradójicamente se escribe muy poco pues queda muy poco tiempo para escribir, toda escritura debe ser productiva y está sujeta a una serie de requisitos formales que ahogan la individualidad, por mucho que se pidan creaciones originales, desde el punto de vista formal, la elección de los temas, todo. Esa escritura tiene muy poco que ver con uno. Dónde uno aprecia mejor la profundidad filosófica de Valdecantos es en sus escritos libres.

Cuando vivimos en la urgencia del presente y en la ilusión de un futuro que no llega es muy difícil adoptar una perspectiva medianamente amplia que te permita establecer continuidades y discontinuidades en tu propia biografía.

Otro de los aspectos que ya has comentado y que es crucial en el libro y en tú análisis, es la lógica temporal del neoliberalismo como parte de ese entramado ideológico:

Javier: La lógica del deporte. El deporte como institución está íntimamente relacionado con el mundo industrial, con el paradigma de la medida y el control del tiempo y del rendimiento. Por eso no es lo mismo el deporte que el juego, el deporte es bastante opuesto al juego, tiene que ver, pero son opuestos. El deporte es la conversión del juego en rendimiento, en proceso de producción. Por eso nos cronometramos, establecemos progresiones. Tiene la lógica del que nunca termina: tu terminas un partido y ya estás pensando en el siguiente. Ya estamos pensando en el partido de la semana que viene. Este tipo de declaraciones son muy normales. Esa lógica circunscrita en el campo del deporte puede tener su sentido y es correcta, no tendría grandes reparos en general, tiene muchas cosas interesantes y positivas. El problema es cuando incorporamos ese tipo de lógicas a la vida cotidiana. Nosotros no somos deportistas de elite. No nos pagan por ello y buena parte de esa competición es contra nosotros mismos, esa idea de luchar contra ti mismo vence tus miedos, en una competición contra ti mismo en la que solo puedes perder. Acabas exhausto. La idea de una competencia deportiva está sujeta a reglas, se sabe cuando se empiezan y acaban los partidos, la violencia está regulada. Un puñetazo dentro del campo no se denuncia en la policía, pero en otros lugares son agresiones, hay códigos. Sin embargo, en la vida económica aplicar esos principios de la competitividad en realidad es hablar de una lucha salvaje, es la garantía de los mas fuertes para imponerse a los mas débiles haciendo sentir culpables a los más débiles porque no se esfuerzan demasiado, porque no son lo suficientemente fuertes o porque son unos flojos.

Otro aspecto clave es el esfuerzo, una suerte de lógica que totaliza el esfuerzo como fin y no cómo medio y lleva a culpabilizar al individuo de no conseguir ciertos objetivos de “éxito” en su carrera.

Javier: El esfuerzo se ha convertido en una categoría moral y además eso empieza a ocurrir desde pequeños, por ejemplo cuando alguien en la escuela tiene facilidad para hacer algo, la pintura, música, se le reprocha que no tiene merito porque (estas expresiones tan cotidianas que muestran hasta donde la ideología ha permeado) en realidad no le cuesta ningún esfuerzo, lo hacen sin esfuerzo: Pareciera que no es suficiente con cumplir una serie de expectativas o requisitos, sino que hay que mostrar que le cuesta mucho, una suerte de implicación emocional absoluta. Si no lo hace, es criticado por ello. Hay un distanciamiento cínico respecto a la actividad. Se utiliza el factor esfuerzo como algo que siempre falta. Eso que te falta, que está ausente y explica la desigualdad, las injusticias, que algo no sea como debería ser. Esas situaciones se producen porque alguien no se ha esforzado lo suficiente. Si a ti la vida no te va muy bien es porque no te has esforzado lo suficiente. Esto interiorizado genera una culpa profunda y nos lleva a todos a la neurosis más absoluta y es sumamente cínico porque el sacrificio desde el punto de vista ideológico no es lo que uno hace con arreglo a un fin determinado (el sentido antropológico del sacrificio), ahora se ha convertido en una disposición personal constante. Uno debe de estar dispuesto a sacrificarse constantemente, no se sabe hasta cuándo. No hago un sacrificio por una causa determinada, en una ceremonia, sacrifico unos gallos o unos corderos, no. Aquí hay que mostrar esa disposición constante, es un sacrificio sin ritual, no está circunscrito, ocurre lo mismo que con el deporte. Es permanente y tienes que estar siempre dispuesto.

Por otro lado, me ha resultado llamativo cómo en la academia se lleva hablando muchos años del sujeto contemporáneo como un ente vacío, marcado por una falta y sin embargo el sistema ideológico neoliberal asume la existencia de un individuo, un sujeto muy fuerte y lo potencia hasta límites que polemizan con esto.

Javier: El sujeto y los procesos de construcción de subjetividad en el neoliberalismo se han intensificado en la última década por dos factores: La crisis de 2008 y el desarrollo tecnológico y la expansión del mundo de internet y las redes sociales. Es verdad que desde la academia está siendo tratado, pero la gran paradoja, la cuestión es que uno no se puede salir de eso. Quien analiza esto está también sometido a esas mismas presiones de producción de subjetividad, es una operación que exige una violencia o contención con respecto a todas esas pulsiones que pugnan por afirmarse para satisfacer estas idealizaciones subjetivas. Indudablemente las ultimas décadas están produciendo elementos para un tipo de subjetividad, creo que en este aspecto Jorge Alemán tiene razón, esto es un crimen imperfecto porque no llega a producirse un sujeto, el sujeto no puede ser producido no pueden cumplirse las expectativas, no se puede llevar a cabo un cierre de la operación. Al mismo tiempo esa tensión produce sufrimiento, la resistencia produce sufrimiento y nos vemos sometidos a una gran tensión que no hay forma de escapar. No hay un horizonte de salvación. Tanto dentro como fuera de la academia no vamos a encontrar un lugar seguro, vivimos expuestos a esto y lo que podemos hacer es mantenerlo a raya.

Así es como funciona la razón precaria y neoliberal, pasarte la vida pensando que vas a ser salvado en ese momento en el que consignas lo que sea: tener novia, primer trabajo, ascenso, cambiar de trabajo, comprarse un piso, coche, etc. Siempre hay un horizonte en el que percibimos que atravesando esa meta (la idea de necesitar metas, cuando pasas la cinta) pareciera que puedes dejar de correr.

Por último, el libro termina abriendo la puerta a una posible forma de resistencia, una suerte de camino esperanzador en el que comprender la actividad intelectual desde una perspectiva que no sea ni el rechazo ni el abandono. ¿Son posibles estos espacios de resistencia?

Javier: Yo creo que en cierto modo también concibo el libro como una forma de organizar personalmente mi resistencia y de pensar como resistir y cómo una resistencia que no sea estrictamente individual. El planteamiento que yo me hago es bastante simple, es un fenómeno social y un fenómeno común, en todos los sentidos, porque se da habitualmente y porque es compartido. En la medida en la que eso es así, las respuestas no pueden caer en una replica de los comportamientos que dan origen o refuerzan este funcionamiento de las cosas, no puede basarse en gestos de autoafirmación o de triunfo. De la fantasía de la salvación individual o de éxito. Éxito como una plataforma desde la cual ya está, una plataforma en la que ya has llegado hasta ahí y no te va a pasar nada.

También es un error el cinismo y el resentimiento, el rencor: todo es una porquería a mi me da igual, me retiro del mundo, pasadlo bien. Lo que me planteo es como pasar de alguna manera de pensar el precario intelectual a la figura del intelectual plebeyo en la medida en que no sea la precariedad lo que gobierne la vida completa de los sujetos que la padecen en el sintagma de precario intelectual. Hay una parte irrenunciable que es la de intelectual y eso daría lugar al intelectual plebeyo: convertir en adjetivo lo sustantivo. Una parte de la identidad a la que no se quiere renunciar y no se vive como algo que le persigue. Además, la idea de lo común, algo que se enfrenta a lo patricio y es capaz de retirarse en cierto momento como gesto de resistencia. Y además, organiza una serie de relaciones entre sí que son distintas a la lógica patricia. Esto lo desarrollo en el próximo libro, aunque se apunta al final de la crítica de la razón precaria. Siempre teniendo muy presente que hay que precaverse contra las promesas de salvación o los delirios totalizadores, del cierre, del ya está. Así es como funciona la razón precaria y neoliberal, pasarte la vida pensando que vas a ser salvado en ese momento en el que consignas lo que sea: tener novia, primer trabajo, ascenso, cambiar de trabajo, comprarse un piso, coche, etc. Siempre hay un horizonte en el que percibimos que atravesando esa meta (la idea de necesitar metas, cuando pasas la cinta) pareciera que puedes dejar de correr. En la representación de una carrera es así, pero en este sistema al no estar circunscrito, cuando rompes la cinta con el pecho necesitas seguir corriendo, necesitas buscar otra meta, necesito nuevos retos. Yo creo que debemos precavernos, no tengo soluciones de salvación, pero si creo que puedo tener más claros algunos indicios de hacia donde no hay que ir y tengo claro que las flechas neoliberales ideológicas, están apuntando en la dirección equivocada, precisamente a eso, a la hecatombe, al sacrificio absoluto de los demás.

Una de las cosas que me preocupan mucho es que la razón precaria es algo que se ha extendido a los primeros años de carrera, esa sensación de que hagas lo que hagas nunca es suficiente, cualquier error te puede costar toda la carrera, tienes que competir contra tus amigos, privarte de cualquier cosa por eso del futuro que no se sabe que es. Con 18 años debes tener muy claros todos tus pasos, si no lo consigues, es porque no os habéis esforzado lo suficiente, es atroz e inmoral. Te va insensibilizando hacia el dolor de los demás. No te puedes parar a mirar lo que le está pasando al otro porque tienes que seguir corriendo, se trata de sobrevivir.

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Es posible que la filosofía necesite tiempo, como cualquier creación humana, para dar a luz lo mejor de sí misma, pero también es posible que ya no tengamos tiempo por delante, al menos ese tiempo del ocio entre catástrofes que alimentó durante siglos el lujo de pensar. O no tanto: recordemos que el 1 de noviembre de 1755 tenía lugar el terremoto de Lisboa y el 7 de diciembre Voltaire ya había publicado su famoso poema sobre el desastre. Ni Žižek fue tan rápido.

Conviene que vayamos asumiendo que tal vez el lugar de la filosofía en los próximos años sea precisamente la catástrofe, la falta de tiempo, la urgencia. Quizá no haya más normalidad a la que volver, y por lo demás, aunque la hubiera, no nos sobraría el haber aprendido a valorarla desde una nueva condición de exploradores o colonos de lo insólito.

– Xandru Fernández, Habitar la catástrofe, pensar lo insólito, 1 de Abril de 2020, revista Ctxt.

En un reciente artículo en la revista Ctxt, el filósofo asturiano Xandru Fernández describía de esta forma la reacción de la filosofía frente a la crisis sanitaria provocada por el Coronavirus. Hablaba de la necesidad de seguir pensando de forma crítica en mitad de la urgencia y del caos, decía que tal vez ese fuese el futuro para el ya mermado pensamiento intelectual, una suerte de vivir sobre la imposibilidad. Tal vez no haya normalidad a la que volver, dice Xandru, es posible que las características principales que sufre el precariado ahora también las tengan que sufrir los grandes de la filosofía como Zizek o Agamben. Tal vez el cambio que proponen los más pesimistas es una victoria de esa razón precaria que analiza López Alós, pero me gustaría quedarme con el apartado dedicado al futuro, a la esperanza de establecer redes de resistencia, la posibilidad de cambiar el sustantivo precario, moverlo de la centralidad del pensamiento. En otro artículo Luciana Cadahia y Germán Cano, discutían las teorías más críticas y pesimistas en lo que respecta a la crisis del coronavirus y la conversación filosófica y decían:

No creemos que sea momento para pensar, con mayor o menor sofisticación crítica, la pandemia como excusa de un poder cada vez más obsesivo; es momento de interpelar, como gobernados no pasivos, al poder por su capacidad de proteger a los sectores sociales más vulnerables; de reclamar institucionalidad para el cuerpo abandonado a su suerte y exigir un Estado como condensación de dependencias. Es momento de ser mucho más sensibles a las articulaciones que están teniendo lugar en diferentes ámbitos del campo popular.

– Luciana Cadahia y Germán Cano, El blackout de la crítica, Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social, 6 de abril de 2020.

En esa brecha abierta por los acontecimientos históricos es posible vislumbrar la esperanza que nos ofrece Javier López Alós y preguntarnos si es posible articular desde el poder que nos gobierna ese desplazamiento del precario como sustantivo a un intelectual plebeyo, más humilde, menos enraizado en las mecánicas de competitividad y temporalidad asfixiante. Tal vez aprovechar lo que está sucediendo no sea tanto lamentar (o no) que nuestros peores presagios se han cumplido, cómo pensar que ante la amenaza de que se cumplan podamos reclamar con fuerza un futuro mejor.

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