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Una ciudad codiciada por todos

Jamás me detuve a tratar de explicarme el porqué de la obsesión de la gente con mi hogar. Bonito, sí, pero no era nada que no contemplara todos los días. Los amigos se marchan, algunos cambiamos la periferia por la capital y todo cambia. Todo menos la lluvia. La lluvia, por supuesto, nunca se fue ni se irá. La lluvia me hace acordarme de un hermoso texto que escribió mi compañero Daniel Ramírez, periodista y columnista de EL ESPAÑOL, cuando decía que en mi ciudad natal tenía que llover porque “es imposible que tanta belleza siempre salga indemne de la tormenta”. Esa belleza de la que hablaba no se limitaba únicamente a la naturaleza. No. El ser humano tenía parte de culpa y esa culpa se remonta un siglo atrás. 

Donostia, que no San Sebastián, se convirtió en un puente entre España y el resto de Europa. Culturalmente hermanado con Francia, fue uno de los núcleos de una «Belle Époque» para aquellos que habían nacido al sur de los Pirineos.

Aquella idea del progreso hegeliano en la que la sociedad avanzaba, según las élites ilustradas, hacia un mundo más libre, se generalizó en todos los espectros sociales a finales del siglo XIX y principios del XX. La aristocracia y la alta y reciente burguesía seguían a la vanguardia, pero el proletariado se vio enormemente beneficiado del desarrollo tecnológico, científico y, por ende, arquitectónico. 

Terraza del Hotel María Cristina (1929). Fotografía del pacense Ricardo Martín, que dejó el rastro de los rostros de los donostiarras, desde las altas élites que frecuentaban los restaurantes de la Avenida de la Libertad hasta los bañistas que gozaban de esa misma libertad para adentrarse en el gélido Mar Cantábrico.

La Belle Époque comprendió el período entre el final de la Guerra franco-prusiana en 1871 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, aunque estas cuatro décadas de positivismo no solo se ajustaban a Francia. Existían fronteras pero la imaginación en el arte era ilimitada. Así, hubo una pequeña localidad, rodeada por montañas y una isla que protege el entorno geográfico del vasto mar, que se transformaría en una de las ciudades más prósperas.

Donostia, que no San Sebastián, se convirtió en un puente entre España y el resto de Europa. Culturalmente hermanado con Francia, fue uno de los núcleos de una Belle Époque para aquellos que habían nacido al sur de los Pirineos. Desde que la actual capital guipuzcoana tocara fondo el 31 de agosto de 1813 debido a la guerra de la Independencia, los donostiarras erigieron la nueva ciudad de las artes. El arquitecto Ángel Martín declaraba en una entrevista a El País que «la ciudad cambió su historia gracias a que cambió su forma”. Y es que una de las peculiaridades de esta expresión artística fue que, mientras en Europa llegó a su fin en 1914, la neutralidad española prolongó la Belle Époque hasta bien entrada la década de los veinte.

Durante la Primera Guerra Mundial, el periódico «Le Petit Parisien» describía Donostia como un nido de espionaje alemán, donde los germanófilos se asentaban para atentar contra los aliados desde el norte de España.

El ensanche de Cortázar, otro hombre de la casa, y el amor que la reina regente María Cristina sentía por la ciudad dieron el pistoletazo de salida a un núcleo urbano que sería conocido como la Pequeña París o el París del Sur. La construcción neogótica del Buen Pastor, el balneario de la Perla —el más hermoso según los medios de la época— y el Gran Casino de Donostia dotaron de una nueva imagen a lo que siglos antes fue una fortaleza amurallada.

En concreto el casino se conformó como centro neurálgico de la ciudad más cosmopolita de Europa a raíz de la Primera Guerra Mundial. La actriz de teatro Sarah Bernhardt, quien acababa de inaugurar su propio teatro en la capital francesa, no dudó en actuar en Donostia el 27 de noviembre de 1899. También se detuvo allí quien fuera uno de los organizadores clave de la Revolución de Octubre, León Trotski. “San Sebastián, capital de los vascos. Un mar severo, pero sin malicias; gaviotas, espuma, aire, espacio. El mar, con su aspecto cautivador, parece indicar que el hombre ha nacido para ser contrabandista; pero que circunstancias accidentales le han impedido seguir su destino” escribió a su llegada. Había viajado desde Irún tras cruzar la frontera y enseguida quedó prendido por la primera capital de provincia más allá del Pirineo: “Españoles con boina, mujeres con mantilla, en vez de sombrero; más variedad de colores y más gritos que allende los Pirineos. Una calle, una plaza y otra vez el mar. ¡Magnífico! Y sin policías. Aquí hay un mar, como en Niza. La Naturaleza no es tan dulzona; hay más sal y pimienta. Esto es mejor.”

“San Sebastián, capital de los vascos. Un mar severo, pero sin malicias; gaviotas, espuma, aire, espacio. El mar, con su aspecto cautivador, parece indicar que el hombre ha nacido para ser contrabandista; pero que circunstancias accidentales le han impedido seguir su destino”

Leon Trotski, sobre Donosti

Fuera mejor o no, lo cierto es que a lo largo de estos años los cafés donostiarras se llenaron de turistas europeos. Durante la Primera Guerra Mundial, el periódico Le Petit Parisien describía Donostia como un nido de espionaje alemán, donde los germanófilos se asentaban para atentar contra los aliados desde el norte de España. De hecho, Mata Hari se había hospedado en una habitación del Hotel Londres, en pleno centro y con vistas a la playa de la Concha. A ella se le atribuyen informaciones filtradas que terminaron con la vida de miles de soldados franceses. Fue arrestada nada más dejar Donostia en París el 13 de febrero de 1917. Poco después la justicia gala condenó a la famosa bailarina a muerte en julio del mismo año.

Han pasado los años, incluso un siglo dependiendo de la fecha exacta a la que se haga referencia. Muchos edificios se han derrumbado para reconstruir otros más modernos, las calles han cambiado y las gentes que murieron se llevaron consigo la mayoría de los recuerdos de la Belle Époque donostiarra. Pero hubo un hombre, esta vez venía de fuera, de Badajoz, que inmortalizó esta época artística gracias a su cámara de fotos. Aquel pacense se llamaba Ricardo Martín y dejó rastro de los rostros de los vivientes donostiarras. Desde las altas élites que frecuentaban los restaurantes de la Avenida de la Libertad hasta los bañistas que gozaban de esa misma libertad para adentrarse en el gélido mar cantábrico. 

Además, la Perla sigue ahí. El casino, ahora Ayuntamiento, continúa funcionando y el Hotel Londres, que tantas celebridades ha acogido, sigue dando la bienvenida a las estrellas que vienen al Festival de Cine año tras año. Decía Schiller, aunque algunos se lo atribuyan a Schopenhauer, que la arquitectura es música congelada. El legado arquitectónico, sin embargo, se silencia cuando se cierran los ojos de quienes vivieron su edificación. Ahí entra Ricardo Martín y su cámara. Si la arquitectura es música congelada, las fotografías de Martín son su tocadiscos; y Donostia un vinilo codiciado por todos.

Julen Berrueta

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