BITCOIN

Aarón Moreno Inglés

Si has paseado por Madrid últimamente es probable que te hayas topado con alguno de los 800 carteles publicitarios que nos dan la bienvenida al Bitcoin. Tras la reciente compra masiva de BTC por parte de Tesla, tal y como se anunció a principios de febrero, muchas plataformas de intercambio de criptomoneda se han subido al carro y están intentando captar nuevos inversores que, por pequeños que sean, contribuyen a un aumento de sus beneficios a corto plazo. Como es lógico, su “democratización” nos lleva a preguntarnos sobre la naturaleza y las perspectivas de futuro de este dinero virtual, y la discusión no solo pasa por decidir si el Bitcoin es realmente una moneda o un activo. Con su adopción a gran escala cabe la posibilidad de que estemos presenciando uno de los mayores esquemas Ponzi de la historia.

Tal y como lo define El Economista, un esquema Ponzi vendría a ser “una operación fraudulenta de inversión que implica el pago de intereses a los inversores de su propio dinero invertido o del dinero de nuevos inversores”. En esencia, las ganancias obtenidas por la gente que invierte primero se crean a través del dinero invertido por los inversores posteriores, embaucados por las promesas de conseguir un gran beneficio. De este modo, el sistema se sostiene “solamente si crece la cantidad de nuevas víctimas”. Su funcionamiento nos recuerda al de una estafa piramidal, solo que en este caso los participantes no disfrutan directamente del dinero de los inversores más recientes. Es la propia “confianza colectiva” lo que marcará las ganancias, como en cualquier producto especulativo. De este modo, la similitud de la definición de los esquemas Ponzi con el camino seguido por el Bitcoin desde 2008 es preocupante.

Independientemente de la enorme fluctuación del Bitcoin en los últimos años, sus promotores más asiduos lo presentan como una revolución en la forma de entender el pago digital. Bitcoin se apoya en el sistema Blockchain, que registra las transacciones de manera pública, transparente, y descentralizada, lo que permite evitar cualquier tipo de mecanismo regulador por parte de un banco central o instituciones estatales. Por supuesto, hay factores positivos muy evidentes en mantener un registro común a través de nodos descentralizados como, por ejemplo, la dificultad que esto crea a la hora de intentar hackear o realizar alguna transacción de manera fraudulenta. Todos sus participantes pueden acceder a una copia idéntica e irremplazable del histórico de transacciones, así que sería bien sencillo detectar posibles fallos y ataques. Además, el Bitcoin escaparía a cualquier política monetaria impulsada por los organismos de turno, dando así una aparente independencia a sus usuarios.

Sin embargo, por mucho futuro que se le augure a la tecnología Blockchain, hay elementos muy problemáticos en el Bitcoin relacionados con su uso. La falta de regulación en un mercado relativamente moderno hace que las estafas continúen extendiéndose, sobre todo, por la falta de conocimiento de los nuevos inversores. Los estafadores regalan una ínfima cantidad de Bitcoin a los usuarios a su llegada, convenciéndoles de que el retorno de la inversión será mayor cuanto más BTC adquieran, llegando en muchos casos a perder grandes cantidades de dinero en muy poco tiempo. Es curioso, de esta forma, observar los paralelismos que existen entre el aumento de las estafas Bitcoin y la proliferación de otras risky ventures que se nutren del dinero de la gente de a pie. ¿Cuántas casas de apuestas habremos visto abrir durante estos últimos años?

Más allá de las estafas, las pocas previsiones de adopción de esta tecnología a nivel estatal hacen que las grandes pretensiones del Bitcoin caigan en picado. Ningún gobierno tiene, por el momento, planes de usarlo de forma funcional. En todo caso, crearían (y están creando) sus propias criptomonedas con usos bien distintos: Un sonado caso es Petro, el token venezolano. Sin embargo, el uso del Bitcoin se ha limitado, salvo recientes excepciones, a efectuar transacciones fuera del marco de la legalidad. Existen multitud de casos de estudio explicando su efectividad para blanquear dinero, evadir capitales, o incluso transferir dinero a narcotraficantes. 

¿Podría el Bitcoin, con mayor regulación en el marco jurídico, convertirse en una forma de dinero fiable? ¿Se trata de un activo especulativo como otro cualquiera? ¿O estamos ante un esquema Ponzi que sigue creciendo? El debate está abierto y continuará en multitud de frentes. En cualquier caso, es recomendable cuestionar las herramientas y tecnologías que “nos caen del cielo” y no aventurarse en proyectos de los que, en muchos casos, no tenemos suficiente información.

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